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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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La Hermandad 



Abril 5 Como Atiba Henryy otros miembros 
se lo dijeron a Misión 

[Pida a tres jóvenes (varones) que relaten 

este informe en primera persona] : 

Atiba: Me llamo Atiba. Vivo en 
Trinidad. Mientras crecía era muy 
travieso y desordenado. No me importa- 
ba golpearme y andar lleno de moreto- 
nes. Mi pobre madre temía que no sobre- 
viviera los años de mi niñez. A ella le 
habría gustado que fuera más juicioso y 
que eligiera actividades menos peligrosas. 

El plan 

Cuando cumplí 17 años mis primos 
me invitaron a que los acompañara a la 
iglesia adventista. Fui con ellos y allí 
conocí a varios muchachos que desperta- 
ron mi curiosidad. Eran diferentes a los 
demás: amigables, ayudadores, y entera- 
mente entregados a Dios. Los admiraba. 
Ellos decían pertenecer a la Hermandad. 
Evidentemente tenían un propósito para 
su vida. Animaban a los muchachos más 
jóvenes a pensar en lo que Dios deseaba 
que hicieran con su vida. Al observarlos 
comprendí que yo también necesitaba ser 
más serio con respecto a mi vida. Sentí el 
deseo de ser como los miembros de la 
Hermandad. 

lan: Mi nombre es lan. Soy primo de 
Atiba y miembro de la Hermandad. 
Somos un grupo de adolescentes y adul- 
tos jóvenes que nos reunimos con el pro- 
pósito de ayudar a nuestros amigos a 
encontrar en Cristo el verdadero signifi- 
cado de la vida. Al principio vine a la igle- 




de la Hermandad 



Trinidad 



sia como un adolescente jovencito, inte- 
resado en los deportes que practicaban. 
Asistí a los campamentos juveniles y con 
el tiempo comencé a asistir a la iglesia. En 
Atiba descubrí muchos rasgos similares a 
los que yo había tenido, y sentí el gran 
deseo de ayudarle a tomar decisiones 
correctas para su vida. 

Atiba: Yo respetaba a estos muchachos y 
me gustaba escuchar sus consejos. Quería 
seguir el ejemplo que me daban. Sin 
embargo, al terminar el ciclo de educa- 
ción preparatoria, decidí enrolarme en el 
ejército sin pedir el consejo de nadie — lo 
cual fue un error — . A menudo tenía que 
trabajar en sábado, así que mi asistencia a 
la iglesia era muy irregular. Comencé a 
ausentarme cada vez más, hasta el punto 
de no sentir deseos de ir ni siquiera cuan- 
do tenía el sábado libre. Un día lan me 
dijo que los miembros de la iglesia me 
extrañaban. También me visitaron otros 
miembros de la Hermandad. Comprendí 
que no estaba tomando en serio mis con- 
vicciones religiosas. Me invitaron a parti- 
cipar de otras actividades: deportes, reu- 
niones evangelizadoras, salidas sociales, y 
otros ministerios. Así no perdería mi con- 
tacto con la iglesia. 

En realidad me hacía falta mi familia 
de la iglesia; me hacía falta el alimento 
espiritual y la actividad en favor de otros. 
Pero tenía que trabajar la mayoría de los 
sábados. Comencé a desear que nunca 
me hubiera metido al ejército. 



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Kirt: Cada vez que nos encontrábamos 
con Atiba lo animábamos. Sabíamos que 
su elección de enrolarse en el ejército sig- 
nificaba que no podría asistir regular- 
mente a la iglesia, pero queríamos estar 
seguros de que no perdiera su comunión 
con Dios. 

Atiba: Más adelante, un sábado mi 
primo me pidió que lo llevara a su casa al 
terminar la reunión de la iglesia. Lo hice, 
pero poco después de dejarlo sufi'í un tre- 
mendo choque con el automóvil. 
Desperté en el hospital tres días más 
tarde. Tenía varios huesos quebrados, 
incluso una fractura de cráneo. Tenía la 
mandíbula atada con alambre y podía 
abrir solamente un ojo. Los médicos no 
daban seguridad de que sobreviviera, 
pero creo que Dios tenía otros planes. 
Después de someterme a varias cirugías y 
de pasar tres semanas en el hospital, 
regresé a casa. 

Kirt: Cuando los miembros de la 
Hermandad nos reunimos aquel sábado 
de tarde, lan estaba ausente. Luego nos 
informaron que Atiba había sufrido un 
terrible accidente. La reunión de planes 
se transformó en una sesión de oración 
intercesora por Atiba. Ese día oramos 
para que Dios lo sanara y seguimos 
haciéndolo cada día hasta que estuvo 
fiíera de peligro. 

Atiba: Cuando volví a casa, todavía era 
incapaz de caminar y tampoco podía 
hablar, a causa de mis huesos rotos. 
Varias veces me pregunté: ¿Por qué a mí? 
Tuve mucho tiempo para pensar hacia 
dónde estaba llevando mi vida, qué pre- 
tendía hacer con mi vida, y qué parte le 



permitiría desempeñar a Dios en mi 
vida. Sentía lástima de mí mismo a causa 
de todos los trastornos que me habían 
sucedido. 

Pero los miembros de la Hermandad 
me visitaban a menudo y me animaban a 
confiar en Dios, a leer la Biblia y a orar. 
Disponía de mucho tiempo para hacer 
todo eso. Y en realidad, no estaba en con- 
diciones de realizar casi nada más. A 
medida que oraba y estudiaba la Palabra 
de Dios, comprendí que necesitaba colo- 
car a Dios primero en mi vida, sin 
importar lo que sucediera. 

Tan pronto como pude caminar con 
muletas, asistí a la iglesia. Sigo leyendo mi 
Biblia dondequiera que me encuentre: en 
la cama, en el automóvil, o en la calle. La 
vida es preciosa; no sabemos qué nos 
depara el mañana, y necesitamos tomar 
seriamente nuestra relación con Dios. 

Me uní al Club de Conquistadores y 
estudio el curso de Guías Mayores. 
Ahora soy parte de la Hermandad y 
tengo el privilegio de aconsejar a mucha- 
chos más jóvenes, así como otros me ayu- 
daron a mí. Comprendo que lo que hago 
influye sobre ellos para bien o para mal. 
Deseo que mi vida ejerza en ellos la 
misma influencia que la Hermandad 
tuvo sobre mí. Les cuento de cómo por 
un tiempo viví al borde del precipicio, y 
caí. Ellos me escuchan y ahora están asis- 
tiendo a la iglesia, para hacer de Dios el 
centro de sus vidas. 

Dios fije quien cambió mi vida, pero 
utilizó efectivamente a la Hermandad 
para producir el cambio. Sus miembros 
son mis mentores, mis amigos, mis her- 
manos en Cristo; Dios es bueno, ¡siem- 
pre!